Descanse en paz Little Richard

ESTADOS UNIDOS.- A -wop-bop-a-loo-bop-a-lop-bam-boo. Así se cerraban los coros de Tutti frutti. Y todos contorsionaban las caderas y movían los tobillos.

Cantaba Little Richard y el auditorio, blanco en su mayoría en esos años cincuenta, escuchaba a uno de los artífices del rock’n’roll. O así se definía él mismo, Little Richard: “Soy el artífice del rock’n’roll”.

Porque al fin y al cabo, en algún momento de su vida, cualquiera ha bailado el Tutti Frutti. O el Long Tall Sally, muy similar, más acelerado.

“Aceleré el Long Tall Sally para que los blancos no pudieran copiarme”, confesaba Little Richard a Rolling Stones años más tarde, el día en que descubrió que el remake de Tutti Frutti interpretado por Pat Boone figuraba doce puestos por delante de su propia versión, la original, en las listas musicales.

La presencia de Little Richard se diluyó ayer, a los 87 años, y muchos se preguntarán: ‘¿Pero aún estaba entre nosotros?’.

La pregunta es legítima. Porque, curiosamente, la trilogía fundacional del rock’n’roll –Little Richard, Chuck Berry y Jerry Lee Lewis– ha disfrutado de largas existencias pese a sus excesos y sus desvaríos (de hecho, Jerry Lee Lewis aún vive).

Fue gay y luego bisexual e incluso “omnisexual” y al final predicador, tras sobrevivir a la avería en el motor de un avión “porque los ángeles vinieron en mi ayuda”. Se casó con Ernestine Campbell (el matrimonio duró seis años, hasta 1957 y 1963), se vio detenido cuando espiaba a otros hombres en el servicio de una estación de trenes en Long Beach y acabó en una silla de ruedas, cantando para la audiencia a principios de década, en un epílogo caricaturesco.

No se habían revelado las circunstancias de su muerte al cierre de esta edición, un misterio más en la lista de misterios de aquel hombre que un día, en 1989, se volvía hacia la cámara mientras decía: “Prince, tú eres el Little Richard de tu generación. ¡Yo me ponía purpurina mucho antes de que tú lo hicieras!”.

Podemos leerlo en la desaparecida Rockdelux: “Prince decía que le gustaría dar una imagen a medio camino entre Jesucristo, Diana Ross, la Patrulla-X y Little Richard”.

El A-wop-bop-a-loo-bop de Little Richard inspiró a leyendas como Elvis Presley o Elton John. “Fue escuchar a Little Richard y pensar: ‘Ya lo tengo, yo quiero ser como él’”, dijo Elton John en 1973.

Sí, Little Richard fue inspirador.

Y, cierto, un misterio. A eso jugaba con su sobrenombre. Dicen que fue un cantarín pequeñajo. Sin embargo, él se justificaba a su manera: “Lo que me disgusta es mi apellido, Penniman”, decía: Penniman sonaba como Penni-man, pesetero.

Richard Penniman era el tercero de los doce hijos de un diácono de Macon (Georgia) que vendía alcohol de contrabando y regentaba un club nocturno (¿caben más contradicciones?). La madre sí, la madre pertenecía a la iglesia baptista.

Little Richard creció de forma desordenada. Tuvo encuentros sexuales con hombres y mujeres en su adolescencia, algo que encabritó a su padre. Se fue de casa a los 13 años. Parte de esa rebelión juvenil apareció reflejada en la ardiente Tutti Frutti (1956: la compuso a los 24 años): un tutti-frutti era un gay.

La historia aparece en su biografía de 1984, The Life and Times of Little Richard, aunque él pasó media vida guardando el secreto. Lo que no pudo ocultar son sus duros orígenes como músico, un cantante negro que se estiraba los rizos y vestía traje y corbata para sentirse apreciado por la audiencia blanca.

Cantaba y tocaba el piano y le acompañaba una sección de viento, músicos negros que sonreían mostrando una dentadura blanca.

Lo que nunca hizo fue renegar de su color de piel. “Fuimos nosotros, la gente negra, los que creamos el rock’n’roll. Elvis era increíble, pero él no fue un creador”, contaba en 2005.

Para entonces ya pleiteaba con Sony por los royalties de Tutti Frutti y Long Tall Sally: Sony le pagaba 200 dólares semanales por ambos temas. Little Richard reclamaba 102 millones de euros.

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Author: Doyle A.C.

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